Colaboradores



CAMPEÓN DE VILLA DEVOTO 
“Villa Devoto”, uno de los más lindos barrios de Buenos Aires, da su nombre a la Antigua “Cárcel de Contraventores” de la calle Bermúdez, la misma donde tuve el honor de residir durante 93 días, de abril a julio de 1953. 
¿Cómo? ¿Por qué? Enseguida paso a explicarles. 
El 15 de abril de 1953 me encontraba con mi flamante esposa en la estación Constitución, cuando me entero que se estaba incendiando la “Casa del Pueblo”, ubicada en Rivadavia 2150, a tres cuadras del Congreso Nacional. Se trataba del edificio donde funcionaban el Partido Socialista, la Biblioteca Obrera y la imprenta de La Vanguardia, el periódico político opositor de mayor circulación en esos días.
¿Qué había pasado? Esa misma tarde había estallado una bomba mientras el  General Perón hablaba a sus partidarios en la Plaza de Mayo. Según registran los diarios, “lo que continuó fue un Perón tan irritado que, al grito de “ ¡leña, leña !..." que llegaba de la plaza, contestó: "¿ por qué no empiezan ustedes a darla ?". 
Llegamos al incendio en el momento en que las llamas devoraban por completo el edificio y los bomberos contemplaban pasivamente la escena. Atónitos y sin pronunciar una sola palabra, nos disponíamos a retirarnos cuando fuimos agredidos por un grupo de incendiarios de filiación nazi, el cual finalmente nos entregó a la policía, que se limitó a conducirnos a la comisaría más cercana, donde pasamos la noche para ser trasladados al día siguiente a la dependencia “orden político” y de allí a la cárcel como detenidos a disposición del Poder Ejecutivo por “provocar desórdenes en la vía pública”.
El mismo Gobierno que predicaba la “justicia social” nos detenía por el delito de ser testigos de, junto a la quema de iglesias y del Jockey Club, uno de los atropellos más grandes que registra la historia argentina.
Ser alojados en una cárcel (en el Asilo Buen pastor mi esposa y yo en Villa Devoto) y que nuestros nombres aparecieran en los diarios como detenidos “por difundir rumores alarmistas y estar vendidos al oro extranjero” , representaba para nosotros una cierta tranquilidad frente al riesgo que corrían los apresados secretamente (como me sucedió dos años antes) que iban a parar a la “sección especial” de la calle Urquiza donde “actuaban” los más conocidos torturadores.
Ya ubicado en uno de los “cuadros” de la cárcel de Villa Devoto, comenzaba una nueva vida para mí y los 150 detenidos que triplicaban la densidad normal del lugar, pues, a los presos “políticos” tan “culpables” como yo,  se sumaba una gran cantidad de comerciantes minoristas detenidos por “agio y especulación”.  La mezcolanza de personas de diferentes oficios y costumbres daba lugar a las más pintorescas situaciones que podrían haber servido de variados argumentos a quien se propusiera relatarlas.
Al pasar los días, uno tras otro sin noticias de nuestra liberación, comenzamos a preguntarnos si no sería preferible una condena a plazo fijo que prolongar la espera indefinidamente.
Ciento cincuenta personas se organizaron para la limpieza, la preparación de la comida, la higiene personal, el descanso y la recreación que asumía distintas formas: la lectura, la conversación y la práctica de algunos juegos y deportes. Tuve la fortuna de jugar, sin ningún brillo, algún partido de fútbol y de basquet y después un Torneo de Ajedrez en el que participaron una decena de aficionados. Yo había aprendido a mover las piezas a los 11  años, poco antes del Torneo de las Naciones, pero, salvo un exitoso desempeño en un torneo infantil, el ajedrez no lo practiqué por mucho tiempo fuera del ámbito familiar.
En el mismo cuadro se alojaba “H.H.” un señor del cual se decía que era un muy buen jugador de ajedrez. Se trataba de un hombre, unos diez años mayor que yo,  que revelaba su “donjuanismo” por las numerosas  jóvenes que lo visitaban y decía ser un importante “perseguido por la dictadura”, medio “chanta” como diríamos ahora, cuya figura y manera de vestir y hablar acentuaban su fama de elegante seductor.  No obstante, a quien parecía mi  más peligroso adversario, logré derrotarlo en  una buena partida y así conquistar invicto el Torneo a la par que su resentimiento por haberle  despojado parte de su notoriedad. Un conocido arquitecto se ocupó de confeccionar el diploma que me acreditaba como “Campeón de Ajedrez de Villa Devoto”, encabezado por un lema: “Las ideas no se matan, las chinches sí” en alusión a la limpieza que hacíamos de las camas para erradicar esos bichitos.
Algún día quizá me ocupe de relatar con más detalle algunos episodios que viví como testigo de aquella época. Pero no quiero entrar en colisión con quienes piensan que en una revista de ajedrez este juego debe ser el único y exclusivo tema a tratar.
No obstante, como comparto la opinión de quienes afirman que “el ajedrez nos enseña  a pensar ”..., yo entiendo que no se puede pensar a pedacitos: esto sí, aquéllo no y lo demás, no sé ...
Quiso la casualidad que el 15 de abril, día de mi detención, coincidiera con el aniversariode la muerte de mi padre ocurrida 21 años antes, y con el “día del ajedrez argentino” instituido años después en recordación del nacimiento de MIguel Najdorf.