viernes, 3 de agosto de 2012

Gioacchino Greco, “El calabrés”, marca la supremacía italiana en el juego.

El ajedrez italiano, que ejerció un indiscutible liderazgo durante todo el siglo XVII, tuvo su máximo exponente en el genial jugador y teórico Gioacchino Greco.

Fue conocido por el apodo de “el calabrés”, debido a que nació precisamente en Celico, cerca de Cosenza, Calabria, en el año 1600. Era de  familia humilde, y recibió muy poca o ninguna instrucción, pero pronto reveló un xtraordinario talento para el ajedrez y resolvió hacer del juego su medio de vida. Muy joven, se radicó en la ciudad de Roma, donde su habilidad con los trebejos le valió la protección de varios nobles prelados de la curia pontificia, como el cardenal Savelli. A sus benefactores dedicó el libro titulado “Tratatto del nobilissimo giocco de scacchi”, publicado en 1620.
Al año siguiente, Greco viajó a Francia, donde fue acogido generosamente por el duque de Lorraine, en su corte de Nancy. Ganó muchísimo dinero jugando al ajedrez y el duque le hizo traducir su libro al francés, tarea que estuvo a cargo de Guillaume Ancel.
Luego, se trasladó a París, y allí derrotó a los mejores jugadores galos, entre ellos el duque de Nemours y el señor Chaumont de La Salle. Acumuló una verdadera fortuna, pero tuvo la desgracia de ser asaltado cuando se dirigía a Londres, llegando a la capital inglesa sin un centavo.
Pero muy pronto rehizo sus finanzas, siempre merced a su absoluta superioridad frente al tablero. En Londres, se midió con Nicholas Mount Stephen y otros fuertes maestros británicos, a quienes venció sin mayor dificultad. El ya famoso libro de Greco fue vertido también al idioma inglés.
Regresó a París, en 1624. Poco después, fue recibido en la corte española y jugó con los ajedrecistas de renombre, en presencia del rey Felipe IV. Volvió más tarde a Nápoles, que, como hemos dicho, era la capital ajedrecística de Italia y del mundo, prosiguiendo su carrera triunfal. Hasta su muerte, Gioacchino Greco fue considerado virtual campeón del mundo.
Los últimos años de su vida son bastantes oscuros: En Nápoles, trabó amistad con un gentilhombre español, quien lo entusiasmó con la idea de venir a América, la gran quimera de aquellos años. Greco aceptó la invitación y aquí murió, en 1634. Todos sus bienes, adquiridos gracias a su genio ajedrecístico, fueron heredados por los padres jesuítas.
El célebre libro de Greco no es exactamente un tratado, a pesar del título; se trata más bien de una antología de partidas brillantes ampliamente comentadas. La colección permite apreciar las principales características de la escuela italiana, cuya base era un pronto desarrollo de las piezas, aun a costa de sacrificios de peones en la apertura, es decir, a costa de gambitos.
La obra fue impresa innumerables veces, hasta el siglo XIX, en todas las lenguas europeas. Todavía hoy conserva su interés, en todas las lenguas europeas. Todavía hoy conserva su interés, ya que pone de manifiesto la riqueza imaginativa del genio renacentista, y deleita con la belleza de sus combinaciones.
“El calabrés” marca el punto más alto de la supremacía italiana en el juego. Luego de su muerte, Nápols continuó siendo por bastantes años el centro ajedrecístico, pero ya se insinuaba una decadencia que se acentuó con el correr de los años. 
A fines del siglo XVII, como preanunciando un nuevo momento trascendental de la cultura humana (la revolución de 1789), la primacía en el ajedrez también fue asumida por Francia.