viernes, 18 de mayo de 2012

El ajedrez como símbolo de la vida y la muerte, o la inocencia y el pecado

Nos ocupamos del “Liber de moribus hominum et officis nobilim super ludo scacchorum”, es decir, “Libro sobre las costumbres de los hombres y los oficios de los nobles, a partir del juego de ajedrez”, atribuido al fraile dominico Jacobo da Cessole. Dijimos que esta obra, generalmente conocida con el título abreviado de “Ludus Scacchorum”, tuvo enorme difusión alrededor del año 1300 y que en ella se encuentra una fabulosa versión sobre el origen del ajedrez.
El imaginativo monje sostiene, sin el menor apoyo histórico, que el juego fue inventado por un sabio a quien los caldeos llamaron “Exerxes” y los griegos rebautizaron Filometer, nombres que significan “amante de la Justicia”. Según esta fantástica teoría, Exerxes habría concebido el ajedrez para educar al príncipe Evilmerodaj, hijo de Nabucodonosor, que reinó en Babilonia en el siglo seis antes de Cristo. Da Cessola intenta justificar, de esta manera, el carácter didáctico del juego, al que acertadamente define como una forma de disciplina intelectual.
A pesar de que su propia tesis es también falsa, ya que sabemos que el ajedrez nació en la India hace apenas mil quinientos años, la obra de Jacopo da Cessole refuta otro error histórico: El que pretende que el ajedrez ya era conocido en los remotos tiempos de la guerra de Troya. No es ocioso reiterar aquí que todas las leyendas que aspiran a acreditar una mayor antigüedad del juego, carecen por completo de confirmación documental y pertenecen, solamente, a la imaginación de los escritores y tratadistas de diversas épocas.
Da Cessole llevó todavía más lejos su novelesca ocurrencia y afirmó que el tablero era una reproducción, una especie de plano, de la ciudad de Babilonia, la cual tenía una torre de vigilancia en cada uno de sus ángulos. Hay que reconocer que, como dicen los italianos “si non é vero, é ber trovato”: No es verdad. pero merece serlo. Lo más importante del libro de Da Cessole es que ajedrez se utilizaba como ejemplo para predicar una conducta moral. No es la única obra que se inscribe en esa tendencia, radicalmente distinta de la opinión primitiva de la Iglesia, que fue hostil al juego en los primeros tiempos. Hay también otra obra, atribuida nada menos que a Inocencio III, papa entre 1198 y 1216, que igualmente emplea el tablero y las piezas para formular, una serie de interpretaciones sobre la vida y la conducta humana.
Según el papa Inocencio, el mundo es como un tablero, escaqueado de blanco y de negro, colores que simbolizan la vida y muerte, o la inocencia y el pecado. Las piezas son, a su vez, como los hombres del mundo, porque a partir de un nacimiento común, cada uno de ellas alcanza diversos títulos y posiciones, pero finalmente tiene un destino común: La muerte. Esta filosofía es típica de la Edad Media; recordemos los versos del poeta español Jorge Manrique: “Nuestras vidas son ríos / que van a dar a la mar / que es el morir; /  Allí van los señoríos  / derechos a se acabar / y consumir.-” Se trata de una visión del mundo que señala que todo ser humano nace llorando y muere afligido, como prescindencia de los honores, la riqueza o las hazañas logradas durante su breve existencia terrenal: Dios es el origen y el fin, la a y la zeta, y la trayectoria del individuo pierde relevancia frente a esta metafísica comprobación.

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