miércoles, 25 de abril de 2012

Disputa por un suntuoso juego de ajedrez

La expansión del ajedrez hacia el centro de Europa, en la temprana Edad Media, se produjo desde dos fuentes de irradiación: la más importante fue, sin dudas, España bajo el dominio de los árabes, pero no debe olvidarse la influencia de los vikingos desde el noroeste, es decir, desde los países escandinavos. Como siempre, el avance de la civilización trajo consigo el progreso del ajedrez.
Claro que, en realidad, no puede hablarse de una civilización propia de los comienzos del Medioevo, ya que el primer milenio sorprendió a la mayor parte de Europa en un estado de semibarbarie, con pueblos proclives a las más groseras supersticiones, carentes de toda instrucción, y con gobernantes que -salvo honrosas excepciones- tampoco conocían ni las artes ni la filosofía clásicas, sepultadas tras el derrumbe del Imperio Romano de Occidente.
Esa es la causa por la cual tuvieron que ser los árabes, dueños de una cultura oriental que se desplazaba hacia el oeste, quienes dejaron y propulsaron el ajedrez, junto con las matemáticas, la química y el pensamiento especulativo. Al contrario de lo que ocurría con los reyes europeos de la época, los califas eran con frecuencia poetas y filósofos, y sus actitudes elegantes contrastaban con la fiereza y la rusticidad de los monarcas cristianos. No faltan episodios históricos, regidos por los escritores de aquellos tiempos, que ponen de manifiesto que algunos soberanos árabes no era precisamente guerreros heroicos, aunque si, eximios ajedrecistas.
Se cuenta que el califa Al-Mutamid, que reinó en Sevilla desde 1040 hasta 1090, era no sólo aficionado al Shatranj sino también afecto a todas las manifestaciones del espíritu. En su corte jugó y enseñó un gran maestro llamado Ibn-Ammar, contratado por el soberano para perfeccionar sus nociones de ajedrez. Sucedió que el rey de Castilla y de León, Alfonso VI, se propuso acabar con el dominio de los moros en Sevilla y, al frente de un poderos ejército, puso sitio a la ciudad en el año 1078. El ajedrecista Ibn-Ammar, que gracias a su talento para el juego se había convertido, con el correr del tiempo en ministro y consejero del califa, concibió entonces una original maniobra para eludir la batalla. El astuto maestro conocía el interés de Alfonso VI por el ajedrez, y también su codicia; por otra parte, tenía confianza en su propia superioridad como ajedrecista. Hizo fabricar, entonces, un deslumbrante tablero y una estupendas piezas, empleando ébano, marfil y sándalo y poniendo a trabajar a los mejores artífices de la corte. Enarboló luego la bandera blanca y pidió ser recibido por el rey enemigo, a quien desafió a jugar una partida: Si Alfonso ganaba, el maravilloso tablero sería suyo, pero si era derrotado, debía conceder al árabe un deseo.
El rey, encandilado por el suntuoso juego, aceptó el reto; y como era de esperar, fue categoricamente batido por el experto maestro musulmán. Furioso, Alfonso, no tuvo más remedio que otorgar al ministro del califa lo que éste le pidió, que fue, lógicamente, el levantamiento del sitio a Sevilla. Así fue cómo se salvó Al Mutamid, pero la historia no concluye ahí: El rey español, al parecer, no era un buen deportista, y se vengó de la humillación sufrida duplicando los impuesto que debía pagar el califa....
En España nació igualmente la bibliografía ajedrecística, y los manuscritos llevaron la teoría del juego a toda Europa. Con el ajedrez, iban también las ciencias, las artes y la filosofía, lo que hizo posible, siglos después, el justamente llamado “renacimiento”.

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