miércoles, 22 de febrero de 2012

Constante desconfianza de autoridades religiosas hacia el ajedrez

En nuestra entrada anterior vimos que, a mediados del siglo VII de la era cristiana, los árabes invadieron a Persia en nombre de la nueva religión musulmana. Pero los conquistadores fueron, a su vez, conquistados por el “chatrang”, la forma antigua del ajedrez, juego que recibió entonces el nombre de “shatranj” y ganó rápidamente el favor de los califas islámicos. 
Sin embargo, durante algún tiempo el juego fue mal visto por los sacerdotes, que le atribuían un carácter maligno, contrario a las enseñanzas del Corán. Harry Golombek señala, en su “Historia del ajedrez”, que la desconfianza de las autoridades religiosas hacia el ajedrez es una constante en todas las civilizaciones, acaso porque el pensamiento trascendente no entiende que el hombre pueda entregarse con pasión a una actividad meramente lúdica, a un simple juego. Añade el autor inglés que, en efecto, no es fácil comprender la fascinación que emana de este juego sutil, infinito en sus posibles variantes, y desinteresado como toda especulación artística. Pero es necesario aceptar que los hombres ambicionan dominar un mundo, dictarle sus propias leyes, imponer su voluntad a los protagonistas; esto se logra en el universo cerrado del tablero, moviendo a discreción las piezas y luchando por hacer prevalecer ciertos planes.  El jugador de ajedrez se siente un dios que gobierna el destino de las piezas, tal como Dios determina nuestro propio destino. Recordemos el poema de Omar Jayam y su versión moderna, aquellos versos de Jorge Luis Borges que dicen: “Dios mueve al jugador y éste, la pieza. 
Los califas, si bien por conveniencia política aparentaban condenar el shatranj, lo practicaban en la intimidad de sus cortes y fueron los primeros en contratar a los más destacados jugadores de su tiempo, para que les enseñaran los secretos del juego. El califa Al-Majdi, en la segunda mitad del siglo VIII, tuvo a su servicio a Abu Jafs, conocido como “el ajedrecista”, de quien se sabe que era un eximio jugador y se cuenta que daba simultáneas a ciegas. 
No menos entusiasta del shatranj fue el hijo de Al-Majdi, el célebre califa Harun al-Rashid, que reinó desde 786 hasta 809 y aparece a menudo en las “Mil y una noches”. Uno de los cuentos de esta famosa obra de la literatura árabe narra que una joven esclava ganó su libertad y la de su prometido, que estaba en prisión, gracias a su habilidad en el juego de ajedrez, ya que derrotó tres veces al propio califa y así obtuvo, como premio, el indulto. Digamos, de paso, que los testimonios de la cultura árabe indican que las mujeres jugaban muy bien al shatranj, imponiéndose con frecuencia a los varones. 
En cuanto a las reglas del juego, el shatranj no difería del chatrang persa o el chaturanga hindú. Sólo el nombre de las piezas cambió en el antiguo ajedrez, naturalmente, aunque el rey siguió llamándose “sha”. El consejero, es decir la moderna dama, recibió la denominación de “fitz”, palabra que significaba ministro; los elefantes fueron bautizados “al fil”, nombre que perdura en español; los caballos se llamaron “faras”; y las torres, o sea los carros de asalto, conservaron su tradicional nombre de “ruj”. Los soldados o peones, finalmente, eran denominados “baidak”.
Los árabes iniciaron la costumbre de registrar las partidas, inventando el sistema de anotación que revela su afición a las matemáticas: el sistema algebraico. Consiste, como sabemos, en numerar las líneas del 1 al 8, contando siempre desde el lado de las blancas, y en designar las columnas con las letras “a” a la “h”, a partir de la izquierda de las blancas. Es curioso que este sistema, que tiene nada menos que 10 siglos de antigüedad, sólo fuera adoptado por el ajedrez moderno en el siglo XX. 
Junto a la práctica activa del juego, los árabes cultivaron también la composición de problemas y de finales, muchos de los cuales se difundieron por todo el mundo medieval, llegando a países y regiones muy distantes, impulsando el desarrollo del ajedrez. De esto escribiré más adelante.

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