miércoles, 7 de diciembre de 2011

Pedantes insufribles en el ajedrez

"Vanidad de vanidades, todo vanidad"
Los jugadores de ajedrez, como todos aquellos que compiten con sus semejantes en cualquier orden de la vida, deberían tener más presente las admoniciones bíblicas. Tal vez así no cayeran en las lamentables, y a menudo ridículas, actitudes que registra la crónica de muchos torneos importantes. 
En el Eclesíastés, capítulo 10, versículo 12, se lee: "Las palabras de la boca del sabio son gracia, más los labios del necio causan su propia ruina".
Recordamos que el predicador, hijo de David, comienza este libro sagrado con la célebre exclamación: "Vanidad de vanidades, todo vanidad".
En el año 1911, el todavía desconocido maestro cubano José Raúl Capablanca fue invitado a participar en el certamen internacional de ajedrez de San Sebastián. Los organizadores recibieron, entonces, un formal reclamo de Araon Nimzovich y de Osip Berntein, quienes alegaban que el jugador americano carecía de méritos para cotejar con ellos. Ambos maestros europeos pagaron cara su necedad, ya que Capablanca no sólo ganó el torneo, sino que propinó a los vanidosos una tremenda derrota en las partidas individuales.
Un año antes, en Hamburgo, hubo otros incidentes parecidos. El doctor Siegbert Tarrasch, que se consideraba aspirante al título mundial de ajedrez y que era un hombre de insoportable arrogancia, había escrito un artículo periodístico donde protestaba por la inclusión del maestro británico Frederick Yates, campeón de su país. Por una parte, las reservas de Tarrasch demostraron tener fundamento, ya que Yates finalizó último, y sólo ganó una partida; pero su vencido, fue precisamente Tarrasch.
Grosería de Nimzovich
El otro episodio fue, más bien, una demostración de la grosería de Nimzovich. El día que debía enfrentar a Walter John, un farmacéutico aficionado, de poco nivel técnico pero muy correcto, Nimzovich empezó por llegar casi una hora tarde. Sin saludar al rival, hizo su primera jugada y se puso a mirar los cuadros que adornaban el salón de juego. Cuando era su turno, movía siempre rápidamente y volvía a admirar las pinturas. John estaba tan indignado que, a pesar de quedar pronto perdido, continuó la partida de ajedrez hasta la jugada 82. Al día siguiente, retó a duelo a Nimzovich, pero una oportuna gestión de amigos comunes impidió que corriera la sangre.
Otro pedante insufrible fue el maestro ruso David Janovski. Sin tener, verdaderamente, condiciones para campeón mundial, había conseguido medirse dos veces por el título muncial de ajedrez con el doctor Emanuel Lasker No por sus méritos ajedrecísticos, sino porque tenía un mecenas que aportaba las importantes sumas de dinero necesarias. Lasker lo había batido fácilmente, pero Janovski no perdía sus ínfulas. En el torneo de Nueva York 1922, le tocó jugar contra Samuel Reshevsky, que era entonces un niño prodigio de apenas diez años de edad. Luego de 12 jugadas, Janovski se levantó y le dijo a otro maestro: "Este chico entiende tanto de ajedrez como yo de equilibrismo! Vea esa posición!" Era cierto que Reshevsky estaba inferior pero, finalmente, ganó la partida. Y salió de la sala gritando "Le he ganado a un gran maestro!", mientras Janovski rumiaba su furia.
"Vanidad de vanidades, todo vanidad"-

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