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lunes, 29 de agosto de 2011

Fino humor en un cuento de Ajedrez


Hace unas décadas apareció en la revista "Chess life" un breve relato donde, con fino humor, se trata la significación de las piezas de Ajedrez. Su autor es Lenore Cowen y el cuento se llama "Modernización" El texto, que encontré traducido libremente, dice así:
"Era un peón de auténtico diseño Staunton, que había visto ganar y perder muchas partidas de Ajedrez. No es extraño, pues, que se sobresaltara cuando echó un vistazo hacia atrás y vio que había una mole monstruosa en el tablero, en el lugar de la torre. Tardó un largo rato en recuperarse lo suficiente como para preguntarle al peón de al lado qué estaba ocurriendo.
- Ah! - contestó el otro peón. Tú has estado mucho tiempo fuera del tablero. Tienes que incorporarte a la nueva corriente, de la modernización. Eso que hay atrás de ti, es un edificio de propiedad horizontal.
- Pero: y cómo se hace para enrocar? -preguntó nuestro peón, un poco avergonzado de su ignorancia pero sintiendo la necesidad de saber (sobre este ajedrez).
- El enroque es una cosa arcaica.- Ahora, nadie vive en una torre.- Tenemos que mostrar al pueblo que el ajedrez está con él.- Por eso, también se han eliminado los caballos.-
- Han eliminado los caballos?
- Por supuesto. Los jinetes de armaduras relucientes son una tontería de los cuentos de hadas.- Ahora, cuando uno necesita protección, no recurre a los héroes, verdad?. Este es un mundo moderno. Han reemplazado a los jinetes por policías de civil en automóvil. Ya no se ven caballos de ajedrez dando vueltas por ahí.-
- Y sigue habiendo alfiles, es decir, obispos?
- Cardenales querrás decir.- Pretendemos mostrarle a todo el mundo la importancia del ajedrez.- Buenas relaciones públicas.- Ya sabes: "Hasta el Papa juega al ajedrez" y propaganda por el estilo. Claro que hemos puesto el acento en la democracia de juego: Hemos reemplazado al rey y a la reina, por el presidente y la primera dama.
- Pero cómo?!
- No te pongas nervioso: Es lo que manda la constitución. Somos el primer juego norteamericano. Los ingleses, por su parte, han puesto al primer ministro, pero conservaron la reina. Los rusos ....
Pero el resto del discurso se perdió, porque una mano tomó con firmeza al peón y lo hizo avanzar dos casillas en el tablero de ajedrez. Pensó que reflexionaría sobre todo esto más tarde, pero por ahora se sentía satisfecho. Las piezas pueden cambiar, pero el juego perdurará. Y los peones, seguirán siendo siempre peones.
Aquí termina el cuento de ajedrez "Modernización". Debemos señalar que en inglés, es mucho más expresivo, ya que la Dama se llama Reina; el caballo se denomina jinete o caballero y los alfiles son efectivamente obispos.
La breve fábula admite también una segunda lectura, bastante irónica con respecto a los cambios sociales. El Ajedrez, como siempre, inspira a los artistas, ratificando su propio carácter de fenómeno cultural.

lunes, 18 de julio de 2011

“Al pan, pan y al ajedrez, ¿tie-break?”

“Hasta la victoria, siempre” 


Hoy finalizamos con el cuento del periodista, escritor y maestro internacional de ICCF, Juan Antonio Castro Torres.  (primera parte el 14/7/11, segunda parte 16/7/11).


La primera partida, modelo de estrategia superior, donde Raúl llevó los trebejos blancos por los carriles de un complicado juego siciliano. Subyacían infinitos golpes mortales, celadas permanentes. Por más esfuerzos que hicieron ambos por la victoria, el lance inicial terminó en tablas después de cinco horas de lucha y 56 jugadas, casi perfectas, que impidió desequilibrar la puja. 
En la segunda partida, irrumpió arteramente el error, que sumió a Leonor en el mismo espanto que a doña Dulcinea del Toboso frente a las delirantes andanzas de Don Quijote y Sancho Panza. Saliendo de la propia apertura, Guillermo llevando las piezas blancas se extravió, calculó mal y perdió un caballo, sin compensación. Pero Raúl, sin errar, erró. Con su característico estilo, espartano, sólido y seguro, fue consolidando la posición, acrecentando en cada jugada su ventaja material. Lo que no pudo impedir –pese a su famosa frialdad innata para dominar la escena al mejor estilo del “Tolia” Karpov– fue que sus pensamientos de enamorado lo abrumaran, lo envolvieron como un perfume irresistible, mostrándole el escenario futuro donde estaban solo él y Leonor. Grave y humana distracción que le costó muy caro, puesto que, después de un intercambio de peones en el flanco dama que simplificó aún más la posición, Guillermo, zorro viejo de situaciones más que difíciles, con fracciones de segundo en el reloj, sacrificó sus dos últimas piezas menores sobre el rey rival y alcanzó lo increíble: ¡jaque perpetuo!!. Otra vez tablas. Match igualado. Pálido mortal, Raúl quedó sin respiración, desquiciado. 
Apenados pero contentos, contradictorios como corresponde, a partir de ese día, aceptando el curioso destino que les había iluminado la vida, no hubo más intentos por resolver el triángulo amoroso. Lo que sí hicieron de consuno fue, por su innegable influencia en el ambiente ajedrecístico, proponer a las autoridades mundiales de la milenaria disciplina que se eliminen las tablas como resultado posible de una partida de ajedrez, estableciéndose un mecanismo de tie-break (muerte súbita), parecido al que se utiliza en el tenis, o suplementarios como en el básquetbol.
Pero, claro, hasta que la Fédération Internationale des Échecs (FIDE) resolvía la burocrática cuestión de fondo, Leonor, prematuramente y sin dejar descendencia, pasó a mejor vida. Por cierto, con todo el tiempo disponible a su favor, sin las domésticas cuestiones terrenales, continuó ella disfrutando del ajedrez que, como se sabe, también se juega, tanto en el cielo como en el infierno, según lo ha confirmado hace pocas horas la misma diosa Caissa en una reveladora y rica homilía universal, publicada para el mundo por L'Osservatore Romano. 
En tanto, Raúl y Guillermo elaboraron el duelo como pudieron, sin olvidar jamás a Leonor. Justamente, en su honor, todos los años continúan participando del abierto de la Fiesta del Trigo en Leones, en procura de una nueva reina –con una princesa se conformarían– para repetir el triángulo amoroso memorable. Por esas cosas que nos tiene reservado el destino, hasta hoy, no lo han conseguido. Pero, dicen, insistirán mientras haya ajedrez sobre el planeta, con tablas o sin ellas. 

domingo, 17 de julio de 2011

Desenlace del cuento de Juan Antonio Castro Torres “Al pan, pan y al ajedrez, ¿tie-break?”



Mañana publicamos la última parte del cuento “Al pan, pan y al ajedrez, ¿tie-break?” del periodista, escritor y MI ICCF Juan Antonio Castro Torres.  Este escrito, que forma parte del libro "Para recuperar el alma" ,  narra la situación de un triángulo amoroso entre dos ajedrecistas y la reina nacional del Trigo:  Eleonor, una joven que despertó miradas libinidosas entre  todos los asistentes al torneo.  El desenlace es, sencillamente, imperdible. 

sábado, 16 de julio de 2011

“Al pan, pan y al ajedrez, ¿tie-break?”

La dama dio jaque doble


Continuamos con la segunda parte del cuento del periodista y maestro internacional de ICCF, Juan Antonio Castro Torres.  (ver primera parte el 14/7/11)


Al momento del otro premio fue la cuestión. Cuándo apareció Leonor, la reina de la Fiesta del Trigo hubo una pandemia de suspiros de admiración, cuellos contracturados por la tortícolis y parpadeantes miradas libidinosas. Ambos campeones, tensos como pocas veces, recibieron lo suyo y mucho más de lo esperado, a cargo de esta jovencita, mucha mujer, físicamente hablando, que se había quedado con el cetro, no por el voto del político de moda invitado a integrar el jurado de selección, sino por su belleza incomparable. 
Para no divagar más: por esas cuestiones profundamente misteriosas de las endorfinas liberadas que revolucionan la sangre joven, la atracción resultó fulminante y no paró jamás. 
Leonor, Raúl y Guillermo se fueron a vivir juntos. Bien organizados para las íntimas cuestiones: los lunes, miércoles y viernes, eran para Raúl y Leonor; los martes, jueves y sábados, para Guillermo y Leonor. En tanto, los domingos, platónicamente, distendidos, Leonor, Guillermo y Raúl, marchaban por derroteros coloridos del ocio creativo o a la competencia ajedrecística que invariablemente mostraba a ambos varones al tope de las posiciones, temible sociedad para el resto del mosaico ajedrecístico nacional. 
Hasta que se dieron cuenta de que se habían enamorado. Entiéndase bien para no caer en el peor de los equívocos por tan estrecha relación poco convencional. Raúl se había enamorado de Leonor, perdidamente y perdidamente se había enamorado Guillermo de Leonor. Y Leonor, vaya incordio, estaba perdidamente enamorada de los dos. 
Como personas sensatas y creyentes que eran, los tres imploraron a Caissa  para que les resolviera el intríngulis. Pero la diosa no se ocupaba, les hizo saber, de cosas minúsculas, terrenas, sino de mantener viva por siglos y siglos la llama eterna del juego ciencia, por lo que ignoró supinamente la imploración a su añeja sabiduría. Dejaron los tres el altar para tropezar en el acto con la razón pura, a puro Kafka. Debería ser Leonor quien resolviera el intríngulis, eligiendo a quien mejor le cuadrara como mujer. Fracaso estrepitoso. Después de una profunda y no menos dolorosa introspección la otrora coronada como noble reina del Trigo no pudo distinguir entre el pan de uno y el pan del otro, ni desde la razón ni desde el corazón. Ambos la colmaban. Pero si bien no pudo resolver por sí el futuro de los tres, ofreció la alternativa. Debería ser lo que los unió, aquello que los separe: el ajedrez. A dos partidas sería la puja. El ganador se llevaría el premio mayor: Leonor. Mujer de uno y amante del otro, y viceversa, que se mostró confusa pero conforme porque de ella había sido la propuesta, cuasi desgarradora por su presunto resultado que, inexorablemente, algo restaría, alguien quedaría, herido, en el camino. 
En verdad, como testigos necesarios, albaceas del absurdo, hay que decir que fue un combate sin tregua, fragoroso y trémolo. Todo el talento, el conocimiento y la imaginación sobre el tablero, cruzado por la tormenta sentimental, con rayos y centellas iluminando las piezas vivas en las manos expertas de Raúl y Guillermo. (En la próxima entrega el final de esta historia).

jueves, 14 de julio de 2011

“Al pan, pan y al ajedrez, ¿tie-break?”

Por Juan Antonio Castro Torres (*)


Un cuento inspirado en el juego de ajedrez y sus jugadores, que forma parte del libro "Para recuperar el alma". Estoy convencido que la pluma estilizada de Castro Torres deleitará a todos los lectores on line. Un torneo del juego ciencia en una ciudad del interior de Córdoba, Argentina, es el marco adecuado para esta historia. Como es un poquito extensa, y en el afán de de no cansar gratuitamente a los lectores, la dividiré en tres partes. Se va la primera....


Como eran jóvenes, fogosos y generosos amantes, el triángulo amoroso duró mucho más de lo esperado. Sin embargo hubo un día en que los tres se dieron cuenta que la cuestión debía ser zanjada para que las aguas desbordadas retornaran a madre, por aquel sonsonete cavernícola, confesional, conservador o puerilmente social del “que dirán”. Para nada fue fácil. Imposible de resolver por los cauces naturales de la razón. Por los pliegues y repliegues del pensamiento humano y sopesando el corazón animal que los tres portaban, la solución obviamente no estaba muy a la mano. 
Todo se había iniciado en el transcurso de un espectacular torneo de ajedrez que se disputó en el marco de la tradicional Fiesta Nacional del Trigo, en la bucólica ciudad de Leones, con suculentos premios en efectivo y una recompensa viva, original, inigualable. El campeón se llevaría –además de la plata y la gloria– el mejor de los recuerdos, un beso sensual, apasionado y con estrecho abrazo incluido, de la mismísima Reina Nacional del Trigo, ungida en la noche del cierre de la competencia ajedrecística.  Raúl y Guillermo habían llegado hasta allí, por cierto, en busca de la consagración escaqueada. Realizaron un juego de gran nivel y a nadie sorprendió que compartieran el primer puesto, luego de nueve rondas por sistema suizo, postergando a más de un centenar de calificados maestros llegados de los cuatro puntos cardinales. Tanta fue la distancia que pusieron sobre los otros que, en la ronda final, se enfrentaron entre ellos. Por cierto, acordaron tablas de grandes maestros, resultado que les sobraba para llevarse las palmas. Así se quedaron con los dos primeros puestos y la respectiva recompensa en efectivo que compartieron, además del cálido reconocimiento del resto de los competidores que los aplaudieron sin egoísmo alguno a la hora de recibir las distinciones. En la próxima entrega la segunda y penúltima parte de esta apasionante historia.

(*) Periodista, escritor y MI (ICCF)




viernes, 10 de junio de 2011

Apuestas famosas y trebejos

Buenos premios en el Torneo de Londres 1851 
Todavía en la actualidad hay gente que sostiene que el ajedrez debe ser "amateur", vale decir, que hay que jugarlo por el simple gusto de jugar. Si hay premios para los vencedores, en dinero o en objetos de valor, se habla de ajedrez profesional.
En mi opinión, se trata de un concepto equivocado. Como en otros deportes, hay ajedrecistas que se dedican exclusivamente al juego y lo hacen su medio de vida. Pero el solo hecho de que se establezca un premio o se formule una apuesta, no convierte al ajedrez en deporte profesional.
De hecho, en el ajedrez siempre se hicieron apuestas. Es algo propio de todo juego y contribuye a que el jugador se esmere por ganar, lo cual eleva el nivel técnico de la partida. Damos por supuesto, naturalmente, que ambos rivales se comporten como caballeros y no se hagan trampas.
Hay apuestas famosas en la historia del ajedrez. Los árabes contaban que un acaudalado príncipe se consideraba imbatible y se puso furioso cuando un embajador extranjero lo derrotó. Entonces lo desafió a jugar otra partida, acordándose que, si vencía al embajador, podía llevarse a la más hermosa de las mujeres del harén; pero si ganaba el príncipe, le declararía la guerra al país del embajador. El juego se desarrolló en completo silencio, delante de toda la corte, y se llegó a una posición en que el príncipe parecía perdido. Inesperadamente, la princesa le señaló un sacrificio que salvaba la partida y le permitía dar jaque mate al rival. Claro que, como el soberano había triunfado con ayuda, conservó a su mujer pero mantuvo la paz.
Se dice también que, hacia el año 1078, el rey Alfonso VI de España, que había puesto sitio a la ciudad de Sevilla, dominada por los moros, recibió a un grupo de parlamentarios enemigos, encabezados por el gran visir. De parte del califa de Sevilla, el alto dignatario obsequió al rey un lujoso juego de ajedrez y lo desafió a jugar allí mismo una partida. La respuesta fue que, si ganaba el rey, la ciudad se rendiría de inmediato, pero si perdía, debía levantar el sitio y firmar un tratado de amistad. Alfonso, que era un buen ajedrecista, aceptó, y fue batido en forma inapelable. Así se salvó Sevilla, conservada por los árabes durante cuatro siglos más.
La libertad personal fue apostada en muchas oportunidades, según las leyendas que circulan en diversos países. Un antiguo romance  francés, de la época de Carlomagno, asegura que el duque Ricardo de Normandía  cayó prisionero de Renaud de Montauben, uno de los capitanes del emperador, pero se ganó el perdón derrotándolo en una partida de ajedrez. También Leonardo Giovanni de Cutro, virtual campeón del mundo a fines del siglo XVI, contaba que había rescatado a su hermano, capturado por los piratas turcos, jugando su liberación al ajedrez, con el capitán del barco.
Los premios en efectivo siempre existieron en los torneos importantes. Ya en el año 1575, cuando se midieron los maestros españoles e italianos en la corte de Felipe II, el monarca donó una fuerte suma de dinero para los vencedores. En tiempos más modernos, el torneo de Londres de 1851, organizado por Howard Staunton, también estuvo dotado de muy buenos premios e inauguró una modalidad que subsiste hasta nuestros días y que resulta absurdo desconocer. Aunque en los juegos olímpicos, para mantener otra tradición, están en juego las clásicas medallas de oro, plata y bronce.

sábado, 23 de abril de 2011

Vate…jaque mate

Gracias a la colaboración del destacado periodista y mejor persona, don Juan Antonio Castro Torres (*), hoy tenemos la oportunidad de disfrutar este escrito que integra el libro de cuentos "SI NO TE MATAS, TE MUERES", todavía inédito y próximo a publicarse.
Vate…jaque mate
Quienes lo conocían de años afirmaban que el “ruso” Iván Ivanovic Zytrecovjch, siendo casi un niño, había caído prisionero de guerra de los alemanes cuando invadieron Rusia en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Tal vez, en caso de ser cierto, aquella terrible experiencia fuese el origen de su incorporación al mundo de los orates. Afortunadamente, dentro de la desgracia, se trataba de aquellos “locos lindos” inofensivos, mansos, al menos en público. Pero, curiosamente, era como un caso único, ya que no estaba alienado a tiempo completo, sino que mostraba momentos de prodigiosa lucidez y coherencia en su decir y en su hacer. Nunca había mencionado su procedencia en los ámbitos que solía frecuentar en Córdoba y su vida diaria era realmente un misterio que lo envolvía en una aureola especial, aunque era evidente por la forma de expresarse en un español más que limitado, su origen foráneo y, por su fisonomía, la pertenencia a algún país eslavo. Correctamente vestido y afeitado, invariablemente aparecía los fines de semana por los distintos clubes donde se disputaban torneos de ajedrez, allá por 1970 y pico, cuando el juego ciencia hacía furor en Córdoba y en el mundo por la irrupción del gran Robert “Bobby” Fischer. Aquel norteamericano que, en soledad, solo por la fuerza de una convicción casi sobrehumana y su genio irrepetible, pudo torcer el rumbo de la historia al batir en forma espectacular la hegemonía de los jugadores rusos que, por décadas, se habían quedado con el título mundial de los trebejos.
Por la mirada se sabía dónde “estaba”, mentalmente, Iván Ivanovic. Siempre, tanto en su estado de coherencia o cuando se sumergía en los oscuros meandros de la locura, hablaba casi con monosílabos, pero rimando, en verso. Probablemente se trataba de un mecanismo defensivo pergeñado por él frente a las dificultades naturales que le presentaban las diferencias idiomáticas.
–¿Cómo está, señor Zytrecovjch?–, lo saludaban al ingresar a la sala de juego de ajedrez.
–…como el termo… enfermo…– respondía con absoluta seriedad Iván Ivanovic.
Ocupaba una silla lejos de donde se concretaban las partidas y, con evidente interés comenzaba a leer un antiguo y famoso libro de teoría del ajedrez que siempre llevaba consigo. De tanto en tanto asentía ampulosamente con leves movimientos de cabeza como dándole razón a quien había escrito el voluminoso tomo donde, en síntesis, se explicaba el secreto de las más populares aperturas del milenario juego. Ya totalmente ensimismado en la lectura sacaba de un bolsillo interior de su saco un tablero pequeño de plástico, plegable, con piezas magnéticas y reproducía los diagramas que acompañaban las pedagógicas explicaciones en el libro. Si alguien se le acercaba mostrando interés por su quehacer literario se mostraba afable, satisfecho y no tenía inconvenientes en intercambiar opiniones, aunque siempre, de su parte, con frases breves en verso.
Luego, como un recreo para su espacio pedagógico, se enfrascaba por horas observando en silencio y casi sin pestañar las partidas que disputaban en las distintas mesas los ensimismados ajedrecistas. Cuando alguno de los jugadores realizaba un movimiento y era del agrado de Iván Ivanovic, al igual que su conducta en la lectura descripta, asentía con la cabeza, por cierto sin musitar palabras que podrían molestar a los competidores, pero mostrando una bondadosa y satisfecha sonrisa. Recién cuando la última partida de la última ronda concluía y se conocía al ganador del torneo, Iván Ivanovic se retiraba discretamente del escenario.
Torneo Abierto del Centro de la República 
Muy de tarde en tarde, Iván Ivanovic participaba de uno u otro campeonato. Elegía curiosamente los de mayor trascendencia por la calidad y cantidad de jugadores y, si bien mostraba algunos conocimientos elementales para el juego, invariablemente, perdía partida tras partida sin que el revés hiciera mella en su digno espíritu deportivo. O al menos en la expresión de su rostro no se notaba ningún cambio sustancial, pese a que marchaba inexorablemente de derrota en derrota.
Así fue que se anotó en el tradicional “Torneo Abierto del Centro de la República”, certamen de gran prestigio en todo el país, al que concurrían invariablemente los mejores jugadores, incluidos los destacados grandes maestros y maestros internacionales radicados en Buenos Aires o en otras provincias. Se trataba sin duda alguna de la elite del ajedrez nacional que venía a Córdoba atraída por los jugosos premios en efectivo y el prestigio deportivo que había cobrado el certamen a lo largo de los años.
En esa oportunidad, tuvo como lugar de disputa los amplios salones de un hotel internacional recientemente inaugurado en la intersección de las calles Marcelo Torcuato de Alvear y Deán Fúnes, esto es, frente al más que bello paseo de “La Cañada”, en pleno corazón de la ciudad de Córdoba. El acto inaugural contó con la presencia de importantes autoridades del Gobierno de la Provincia, representantes de la Secretaría de Deportes de la Nación y de la Municipalidad de la Capital que patrocinaban la competencia del juego ciencia. En la primera ronda, de acuerdo al pareo que se realizó por sorteo, entre casi 300 participantes, a Iván Ivanovich Zytrecovjch, le tocó jugar –que es una forma de decir–con un Gran Maestro Internacional (GMI) que condujo las piezas blancas. A las pocas jugadas, su oponente le dijo amablemente y en voz baja:
–Jaque, señor.
–… ¿Jaque?–, preguntó como sorprendido Iván Ivanovich, ya en su laberinto de enfermo mental.
–Efectivamente, señor, jaque.
–… gracias… es la grey… saco el rey…– musitó y, en efecto, debió mover el monarca para zafar del jaque.
La partida continuó. El reglamento que se aplicaba en esta oportunidad establecía un tiempo de reflexión de dos horas para cada contrincante por lo qué, cuándo el juego se mostraba equilibrado, podía prolongarse una partida hasta cuatro horas. Qué, en rigor, no era el caso del juego de Iván Ivanovich frente al gran maestro. Como se dice simplemente en ajedrez estaba el “ruso” –dicho con todo respeto– totalmente perdido en el tablero. Sin embargo, después de otra jugada contundente de su rival, Iván Ivanovich, se aflojó la corbata y, desprendiéndose el botón superior de la camisa, se sumió en una reflexión que le llevó más de media hora, inmóvil, con la mirada perdida sobre las piezas, desquiciado vaya a saber por qué fantasmas que no lo abandonaban desde que los capitalizó en las frías estepas donde se supone había nacido.
Acostumbrado a estas liturgias del juego escaqueado, el maestro, correcto jugador si los hay, se levantó de su silla con gran discreción para no molestar, se sirvió un café humeante de la máquina automática instalada en el lugar a esos efectos, y comenzó a pasearse por el salón observando otros juegos, en tanto el reloj de Zytrecovjch se aproximaba inexorablemente al límite que indicaba la pérdida de la partida por “caída de aguja”.
Al faltarle pocos minutos y advirtiendo que su oponente no realizaba jugada alguna, el maestro retornó a su mesa esperando lo inevitable. Iván Ivanovich hizo su última jugada con escasos segundos disponibles, con la aguja del reloj “en bandera”. Su oponente miró el tablero y realizó en el instante la mejor jugada que llevaría a concluir la partida.
–Jaque mate, señor.
–… ¿Jaque mate?–, preguntó, otra vez sorprendido, Iván Ivanovich.
–Así es, señor.
El “ruso” miró detenidamente el tablero comprobando para su desgracia que el rey no tenía escapatoria alguna, jaqueado a morir, monarca indigno. Mecánicamente, extendió su mano felicitando al maestro por su victoria y se levantó más que a prisa, mientras se prendía, nervioso, los tres botones del saco y se ajustaba desprolijamente la corbata. Atravesó el salón principal en un santiamén para ganar el pórtico en pocos segundos. Miró Iván Ivanovich Zytrecovjch a derecha e izquierda y, como no venía vehículo alguno, cruzó la calle. Con dos trancos alcanzó la vereda opuesta, rozando con su cuerpo tenso una tipa, árbol típico del lugar. Subió de un sólo salto al muro de piedra que encauza el arroyo La Cañada, flexionó sus largas piernas para tomar impulso y se arrojó en vuelo libre al vacío. Una joven pareja de novios que estaba muy cerca y que nada pudo hacer para impedir el imprevisto acto postrero del orate, escuchó con claridad –aunque sin entender de qué se trataba– sus últimas palabras: “…Tiene razón, vate… jaque mate”.
(*) Periodista, escritor y MI (ICCF)

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