sábado, 23 de abril de 2011

Vate…jaque mate

Gracias a la colaboración del destacado periodista y mejor persona, don Juan Antonio Castro Torres (*), hoy tenemos la oportunidad de disfrutar este escrito que integra el libro de cuentos "SI NO TE MATAS, TE MUERES", todavía inédito y próximo a publicarse.
Vate…jaque mate
Quienes lo conocían de años afirmaban que el “ruso” Iván Ivanovic Zytrecovjch, siendo casi un niño, había caído prisionero de guerra de los alemanes cuando invadieron Rusia en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Tal vez, en caso de ser cierto, aquella terrible experiencia fuese el origen de su incorporación al mundo de los orates. Afortunadamente, dentro de la desgracia, se trataba de aquellos “locos lindos” inofensivos, mansos, al menos en público. Pero, curiosamente, era como un caso único, ya que no estaba alienado a tiempo completo, sino que mostraba momentos de prodigiosa lucidez y coherencia en su decir y en su hacer. Nunca había mencionado su procedencia en los ámbitos que solía frecuentar en Córdoba y su vida diaria era realmente un misterio que lo envolvía en una aureola especial, aunque era evidente por la forma de expresarse en un español más que limitado, su origen foráneo y, por su fisonomía, la pertenencia a algún país eslavo. Correctamente vestido y afeitado, invariablemente aparecía los fines de semana por los distintos clubes donde se disputaban torneos de ajedrez, allá por 1970 y pico, cuando el juego ciencia hacía furor en Córdoba y en el mundo por la irrupción del gran Robert “Bobby” Fischer. Aquel norteamericano que, en soledad, solo por la fuerza de una convicción casi sobrehumana y su genio irrepetible, pudo torcer el rumbo de la historia al batir en forma espectacular la hegemonía de los jugadores rusos que, por décadas, se habían quedado con el título mundial de los trebejos.
Por la mirada se sabía dónde “estaba”, mentalmente, Iván Ivanovic. Siempre, tanto en su estado de coherencia o cuando se sumergía en los oscuros meandros de la locura, hablaba casi con monosílabos, pero rimando, en verso. Probablemente se trataba de un mecanismo defensivo pergeñado por él frente a las dificultades naturales que le presentaban las diferencias idiomáticas.
–¿Cómo está, señor Zytrecovjch?–, lo saludaban al ingresar a la sala de juego de ajedrez.
–…como el termo… enfermo…– respondía con absoluta seriedad Iván Ivanovic.
Ocupaba una silla lejos de donde se concretaban las partidas y, con evidente interés comenzaba a leer un antiguo y famoso libro de teoría del ajedrez que siempre llevaba consigo. De tanto en tanto asentía ampulosamente con leves movimientos de cabeza como dándole razón a quien había escrito el voluminoso tomo donde, en síntesis, se explicaba el secreto de las más populares aperturas del milenario juego. Ya totalmente ensimismado en la lectura sacaba de un bolsillo interior de su saco un tablero pequeño de plástico, plegable, con piezas magnéticas y reproducía los diagramas que acompañaban las pedagógicas explicaciones en el libro. Si alguien se le acercaba mostrando interés por su quehacer literario se mostraba afable, satisfecho y no tenía inconvenientes en intercambiar opiniones, aunque siempre, de su parte, con frases breves en verso.
Luego, como un recreo para su espacio pedagógico, se enfrascaba por horas observando en silencio y casi sin pestañar las partidas que disputaban en las distintas mesas los ensimismados ajedrecistas. Cuando alguno de los jugadores realizaba un movimiento y era del agrado de Iván Ivanovic, al igual que su conducta en la lectura descripta, asentía con la cabeza, por cierto sin musitar palabras que podrían molestar a los competidores, pero mostrando una bondadosa y satisfecha sonrisa. Recién cuando la última partida de la última ronda concluía y se conocía al ganador del torneo, Iván Ivanovic se retiraba discretamente del escenario.
Torneo Abierto del Centro de la República 
Muy de tarde en tarde, Iván Ivanovic participaba de uno u otro campeonato. Elegía curiosamente los de mayor trascendencia por la calidad y cantidad de jugadores y, si bien mostraba algunos conocimientos elementales para el juego, invariablemente, perdía partida tras partida sin que el revés hiciera mella en su digno espíritu deportivo. O al menos en la expresión de su rostro no se notaba ningún cambio sustancial, pese a que marchaba inexorablemente de derrota en derrota.
Así fue que se anotó en el tradicional “Torneo Abierto del Centro de la República”, certamen de gran prestigio en todo el país, al que concurrían invariablemente los mejores jugadores, incluidos los destacados grandes maestros y maestros internacionales radicados en Buenos Aires o en otras provincias. Se trataba sin duda alguna de la elite del ajedrez nacional que venía a Córdoba atraída por los jugosos premios en efectivo y el prestigio deportivo que había cobrado el certamen a lo largo de los años.
En esa oportunidad, tuvo como lugar de disputa los amplios salones de un hotel internacional recientemente inaugurado en la intersección de las calles Marcelo Torcuato de Alvear y Deán Fúnes, esto es, frente al más que bello paseo de “La Cañada”, en pleno corazón de la ciudad de Córdoba. El acto inaugural contó con la presencia de importantes autoridades del Gobierno de la Provincia, representantes de la Secretaría de Deportes de la Nación y de la Municipalidad de la Capital que patrocinaban la competencia del juego ciencia. En la primera ronda, de acuerdo al pareo que se realizó por sorteo, entre casi 300 participantes, a Iván Ivanovich Zytrecovjch, le tocó jugar –que es una forma de decir–con un Gran Maestro Internacional (GMI) que condujo las piezas blancas. A las pocas jugadas, su oponente le dijo amablemente y en voz baja:
–Jaque, señor.
–… ¿Jaque?–, preguntó como sorprendido Iván Ivanovich, ya en su laberinto de enfermo mental.
–Efectivamente, señor, jaque.
–… gracias… es la grey… saco el rey…– musitó y, en efecto, debió mover el monarca para zafar del jaque.
La partida continuó. El reglamento que se aplicaba en esta oportunidad establecía un tiempo de reflexión de dos horas para cada contrincante por lo qué, cuándo el juego se mostraba equilibrado, podía prolongarse una partida hasta cuatro horas. Qué, en rigor, no era el caso del juego de Iván Ivanovich frente al gran maestro. Como se dice simplemente en ajedrez estaba el “ruso” –dicho con todo respeto– totalmente perdido en el tablero. Sin embargo, después de otra jugada contundente de su rival, Iván Ivanovich, se aflojó la corbata y, desprendiéndose el botón superior de la camisa, se sumió en una reflexión que le llevó más de media hora, inmóvil, con la mirada perdida sobre las piezas, desquiciado vaya a saber por qué fantasmas que no lo abandonaban desde que los capitalizó en las frías estepas donde se supone había nacido.
Acostumbrado a estas liturgias del juego escaqueado, el maestro, correcto jugador si los hay, se levantó de su silla con gran discreción para no molestar, se sirvió un café humeante de la máquina automática instalada en el lugar a esos efectos, y comenzó a pasearse por el salón observando otros juegos, en tanto el reloj de Zytrecovjch se aproximaba inexorablemente al límite que indicaba la pérdida de la partida por “caída de aguja”.
Al faltarle pocos minutos y advirtiendo que su oponente no realizaba jugada alguna, el maestro retornó a su mesa esperando lo inevitable. Iván Ivanovich hizo su última jugada con escasos segundos disponibles, con la aguja del reloj “en bandera”. Su oponente miró el tablero y realizó en el instante la mejor jugada que llevaría a concluir la partida.
–Jaque mate, señor.
–… ¿Jaque mate?–, preguntó, otra vez sorprendido, Iván Ivanovich.
–Así es, señor.
El “ruso” miró detenidamente el tablero comprobando para su desgracia que el rey no tenía escapatoria alguna, jaqueado a morir, monarca indigno. Mecánicamente, extendió su mano felicitando al maestro por su victoria y se levantó más que a prisa, mientras se prendía, nervioso, los tres botones del saco y se ajustaba desprolijamente la corbata. Atravesó el salón principal en un santiamén para ganar el pórtico en pocos segundos. Miró Iván Ivanovich Zytrecovjch a derecha e izquierda y, como no venía vehículo alguno, cruzó la calle. Con dos trancos alcanzó la vereda opuesta, rozando con su cuerpo tenso una tipa, árbol típico del lugar. Subió de un sólo salto al muro de piedra que encauza el arroyo La Cañada, flexionó sus largas piernas para tomar impulso y se arrojó en vuelo libre al vacío. Una joven pareja de novios que estaba muy cerca y que nada pudo hacer para impedir el imprevisto acto postrero del orate, escuchó con claridad –aunque sin entender de qué se trataba– sus últimas palabras: “…Tiene razón, vate… jaque mate”.
(*) Periodista, escritor y MI (ICCF)

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